
Por Juanca Romero Hasmen © marzo 2026
Vivimos tiempos fascinantes. En esta feria de las vanidades que llamamos «sociedad moderna», donde uno puede identificarse como un conejo, una ardilla, un helicóptero de combate o un helecho de interior sin que nadie parpadee, ha surgido un nuevo deporte nacional: la criminalización del creyente.
Parece que, en el manual del «Buen ciudadano digital», creer en Dios —llámelo usted Jehová, Alá, Energía Cósmica o el Gran Arquitecto de los Canapés— se ha convertido en una amenaza para la seguridad nacional. O peor: en un síntoma de que a usted le falta un hervor intelectual.
El ateísmo de «copy-paste»
Es enternecedor observar a estos especímenes de mente ruin. Se pasean por la vida con una superioridad moral que ya quisiera para sí el mismísimo Torquemada, pero envuelta en un celofán de «progreso». Se llaman a sí mismos ateos, aunque la mayoría no sabría distinguir a Nietzsche de un influencer de TikTok si les fuera la vida en ello.
Su «ateísmo» no es una búsqueda existencial; es una moda de rebajas. Es ese ateísmo de garrafón que consiste, básicamente, en considerar que cualquiera que intuya una trascendencia más allá de su pantalla de móvil es, por definición, un peligro público.
¿Peligra el PIB porque usted rece un rosario?
La pregunta es de una lógica tan aplastante que asusta: ¿En qué momento su libertad de credo se convirtió en mi problema de salud pública? Resulta que ahora, que usted decida que la vida tiene un propósito que no se compra en Amazon, es un «riesgo para los demás». ¡Hay que joderse! (si es que me permiten usar la expresión sin que me cancelen la cuenta bancaria). ¿Acaso su fe detiene la rotación de la Tierra? ¿Provoca sarpullidos en la piel de los «iluminados» de Twitter (X)? ¿O es que, simplemente, les escuece que alguien tenga una brújula interna que no necesita actualizaciones de software cada quince días?
La tiranía de los falsos «librepensadores» de manual
Lo más gracioso de esta turba polarizada es su concepto de «libertad». Exigen respeto para cada excentricidad imaginable, pero si usted se arrodilla o medita, entonces es un elemento subversivo que hay que reeducar.
La mente ruin de estos inquisidores de teclado no soporta el misterio. Les aterra que exista algo que no puedan medir con un algoritmo o etiquetar con un hashtag. Por eso criminalizan. Porque es más fácil llamar «reaccionario» o «ignorante» al que cree, que admitir que su propio vacío existencial es tan profundo que ni con toda la fibra óptica del mundo logran llenarlo.
Si a alguien le molesta que usted crea en Dios, el problema no es de su fe, sino de la intolerancia de quien confunde «ser ateo» con tener el monopolio de la inteligencia. A ver si aprenden que la verdadera libertad es dejar que cada cual se salve —o se pierda— como le dé la real gana.
