© Juanca Romero Hasmen

Mírate. Sí, a ti. Al que levanta la persiana a las seis de la mañana con el miedo en el cuerpo a que el teléfono no suene, o peor aún, a que suene para reclamarte un pago más. A ti, que eres el motor gripado de este país, el autónomo, ese animal mitológico que sangra dinero para que otros puedan brindar con vino gran reserva. Te hablo a ti porque nadie más lo va a hacer.

Mientras tú haces malabarismos para pagar el IVA, el IRPF y esa cuota de la Seguridad Social que sube con la precisión de un reloj suizo —independientemente de si has facturado o si te estás comiendo los mocos—, existe una casta paralela que vive en una realidad acolchada. Hablo, por supuesto, de los sindicatos mayoritarios en España, UGT y CCOO. Esas siglas que, en teoría, deberían ser el escudo de la clase trabajadora, pero que han mutado en agencias de colocación para estómagos agradecidos y expertos catadores de marisco.

Es insultante, y deberías sentir la bilis subirte por la garganta al pensarlo. Estos supuestos líderes sindicales, cuya vaguedad es tan legendaria como su capacidad para desaparecer cuando gobierna «su» izquierda, han abandonado la calle para apoltronarse en el despacho. ¿Dónde están las huelgas generales por la pérdida de poder adquisitivo? ¿Dónde está la furia sindical ante la inflación que asfixia tu nevera? No están. Están ocupados rindiendo una pleitesía vergonzosa al gobierno mentiroso de Pedro Sánchez, actuando no como contrapoder, sino como una triste comparsa, como el ministerio de la propaganda obrera.

Para ellos, tú no eres un trabajador; eres un cajero automático. Los autónomos estamos sometidos a una esclavitud moderna, encadenados a una administración voraz para mantener a una legión de vividores subvencionados. Nosotros generamos riqueza, empleo y tejido empresarial; ellos generan facturas en restaurantes de lujo y comunicados vacíos escritos con la misma tinta con la que firman su sumisión al poder ejecutivo. Se han especializado, con una maestría envidiable, en el «control de calidad» de las gambas de Huelva y los percebes gallegos, mientras tú calculas si este mes puedes permitirte poner la calefacción.

Y lo que termina de romper el alma de este país no es solo el expolio fiscal, es la hipocresía moral. Mira a tu alrededor. ¿Cuándo sale la gente a la calle en masa? ¿Para pedir que se bajen los impuestos a los que producimos? ¿Para exigir que se respete al que emprende? No.

Las calles se llenan, con una furia selectiva, para reclamar «dignidad» para políticos puteros, para defender el honor de familiares mantenidos que no han dado un palo al agua en su vida y para aplaudir a pervertidos constitucionales que mercadean con la ley a su antojo. Para eso sí hay autobuses fletados y bocadillos gratis. Pero para exigir derechos básicos, para pedir que dejen de asfixiar al autónomo que sostiene el chiringuito, para eso… para eso solo se escucha el silencio de cuatro gatos.

Estamos solos frente al leviatán. Mientras ellos disfrutan de su comilona institucional, pagada con tu esfuerzo y regada con la mentira oficialista, nosotros seguimos ahí, remando en galeras. Porque en esta España de pandereta y mariscada, ser autónomo no es una profesión de riesgo, es un acto de heroísmo suicida del que los sindicatos se ríen entre plato y plato.

Despierta. Porque mientras tú trabajas, ellos digieren.

EL FESTÍN DE LAS CIGALAS Y TU CUOTA DE ESCLAVO
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