Cuando la tenia se pinta de morado

Las ególatras aspiraciones de la nueva izquierda española

Cuando en la abarrotada y poco saneada Puerta del Sol un grupo de especuladores de la política se erigieron como representantes de todos, nadie podía imaginar cómo los años acabarían por mostrar la cara del lobo, esos colmillos sedientos de poder y egolatría. El fenómeno 15-M comenzó a prostituirse desde el minuto uno, aunque en ese momento, en medio del fervor popular y populista pocos atisbaron la que se venía, pocos fueron capaces de ver como la autocracia se estaba cimentando a golpe de megáfono y porretes en comunidad.

No tardaron en aparecer los que se sintieron estafados por los de la verborrea provista de los sugerentes adornos del cambio. Pronto empezamos a ver cadáveres ilusos en los márgenes de las púrpuras carreteras hacia el poder. Cuando “los elegidos” gritaban ¡Podemos!, pocos supieron captar el mensaje, la verdadera esencia de aquel monótono grito. En realidad aquel ¡Podemos!, iba precedido de una frase escrita con tinta invisible; “Podemos juntarnos los amiguetes para jugar a políticos”. Y fue así como los anónimos integrantes de círculos y asambleas pasaron a ser meros bultos sombríos y casi etéreos. El ejército de la empachada tenia [Taenia]  morada había entrado en la fase dos, esa en la que los perros comen carne de perro, y los antiguos amigos de manifas y escraches se convierten en forúnculos de molesta presencia.

Los voceros que interesadamente se colaron y colocaron entre los acampados de la Puerta de Sol, ahora tenían consolidado su establishment, su chiringo verdulero en el que mojar rico pan en la contundente salsera del Poder. Nombraron a su líder, al profeta del cambio; ¡Ave Pablo, los que te van a seguir te saludan! Se obró el milagro y los pañuelos palestinos comenzaron a ser sustituidos por bonitas chaquetas, las embarradas rastas dieron paso a la gomina con aroma a melocotón, y muchos comenzaron incluso a utilizar calzoncilos y bragas. ¡Ya tenemos líder!, gritaron.

Pablo Iglesias se empoderó desde el minuto menos uno, se rodeó de quienes consideró fieles acólitos, sumisos talladores del “si bwana”. El plan había alcanzado la fase tres, la de consolidación. Poco duró la tranquilidad en los barrizales de color morado. En breve aquellos círculos se convirtieron en triangulares pirámides estamentales en las que novietas, colegas y lamedores de la palabra abrieron hueco. Los protestones y menos sumisos se vieron obligados a transitar por los tugurios del ostracismo, o a sacarse del bolsillo nuevas siglas de populistas eslóganes. Ahora Pablo estaba a gusto, rodeado de los suyos pero siempre que estos estuvieran dos escalones por abajo. Por aquellos días los griteríos del 15-M silenciaron, y aquellos que se lavaban en palanganas junto a la boca del metro, ahora lucían Rolex en el bordillo de la piscina privada, porque bañarse en comunidad es cosa de pobres.

“Asalto al Gobierno”, así titularon la fase cuatro. Ahora tocaba juntarse con los progresistas que en España siempre se han vestido con las bermellonas siglas del PSOE. Pronto se olvidaron términos como casta, poderes fácticos, jerarcas… El totalitarismo denunciado pasó a mimetizarse entre sus propias filas. Unidos, unidas, unides se metieron en las instituciones, practicando las mismas políticas del chantaje que años atrás denunciaban, abriendo los pórticos de separatistas, terroristas y demás especímenes oficializados. La política de Estado poco se parece a la de sublevadas plazoletas. Tampoco se parecen los modos de vida, los acentos pijos y los paseíllos con escolta. Aquel movimiento social desapareció engullido por la sed de poder, convirtiéndose en un selecto grupo de neo-progresistas preocupados por mantener el estatus y el agua tibia en las residenciales piscinas.

Pero las urnas tras una indigestión siempre acaban por vomitar los excesos, los radicalismos y también a los descaradamente vendidos. Pablo Iglesias comienza a ser cuestionado, vejado incluso por los suyos. Arrancaba en ese momento la fase cinco, esa en la que el escorado y pestilente progresismo español está convulsionado. ¡En casa tenemos cucarachas!, se llegó a escuchar en los foros de la izquierda. Todos, todas, todes corrieron sin rumbo fijo, abrumados por la confusión y los preocupantes temblores sísmicos. A lo lejos, rodeada por un halo de fingida compostura, apareció Atila reencarnado en mujer, bajo el nombre de Yolanda Díaz. La ministra y vicepresidenta cortó la cabeza y la coleta de quien hasta ese momento era omnipresente. No tuvo que dar golpe de hacha ni ensuciarse los trapitos. El óbito político de Iglesias fue preparado a modo de harakiri, dejando la fuente de ingresos blindada y dando paso a la Torquemada de la izquierda comunista, la mujer que engullirá las siglas de Unidos, Unidas, Unides Podemos para llevarlas al olvido y convertirlas en otra factoría que garantice el reductible cupo en el arco político español. El PSOE está preocupado por la creciente popularidad de la vicepresidenta, y también lo está porque sigilosamente está guiñando el ojito a los progres descontentos con las demostradas falacias de Pedro Sánchez. Me reitero, perro no come carne de perro mientras uno de los dos no tenga más hambre que el otro, y la señora Díaz viene con mucha, mucha gazuza política.