PASO A NIVEL

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2018 © Juanca Romero Hasmen
Consultor en Comunicación, Oratoria y Gestión del Talento

Extraído del libro “Con Talento Puedes” (Editorial Cursiva, 2016)

 

Un gran maestro del mundo de la radio, me enseñó hace muchos años que en esta vida, sobre todo si haces algo de carácter público, no importa si hablan bien o mal de ti, lo importante es que lo hagan, porque si pasas desapercibido para los demás, entonces no existes. Y aunque esa frase puede estar llena de matices y alguna que otra objeción, no está carente de grandes verdades. No podemos trazar como punto de partida la gran barrera de los miedos; al qué dirán, a lo que pensarán de nosotros, a que se rían de nuestras ideas…

Sabemos cuál es nuestro talento, o al menos creemos tenerlo localizado porque esa actividad o facultad, ese deseo o entusiasmo apunta a algo concreto. Música, oratoria, deporte, cine, teatro, arreglar circuitos eléctricos o cultivar bonsáis, lo importante es que tenemos fijado el punto de mira en aquello que nos llena y hace felices, aunque aún no hayamos adquirido la formación o la experiencia necesaria para destacar. ¡No importa!, lo más difícil lo hemos encontrado agazapado en nuestro interior y hemos tomado la firme decisión de hacerlo florecer regándolo poco a poco con superación y constancia. ¿Qué nos importa a nosotros lo que los demás puedan decir o pensar? Ha llegado el momento de cruzar ese tan temido paso a nivel, es la hora de mirar a la izquierda y a la derecha y cruzar con decisión y la vista apuntando al frente, hacia ese horizonte de luz que hay allí al fondo. Ignora a quienes te gritan que no cruces, que tengas cuidado que puede llegar un tren a gran velocidad y amputarte alguno de tus miembros, dejarte capado o destrozarte por completo. ¡No les hagas caso! ¿Dónde estaban esas personas cuando te sentías gris y desolado? Has tomado la decisión de potenciar tu talento, y tu decisión es palabra de ley.

Permíteme que te cuente una breve historia. En un pueblo del norte de la isla de Tenerife, hace ya un buen puñado de años, un niño soñaba con ser bailarín. Imagínate lo que aquello supuso para una familia tradicional, y más si nos retrotraemos a la década de los 60. Al principio sus padres creyeron que eran cosas de niños, que como estaba todo el día entre las faldas de su madre y jugando con sus seis primas, pues al pequeñajo se le pasaban esas cosas por la cabeza. Lo cierto es que en su cabeza la idea de pertenecer a un gran ballet como los que salían alguna vez por la tele, no dejaba de estar presente, y un día, cuando ya había cumplido los 14 años, le pidió a su padre que le dejara apuntarse en unas clases que impartía doña Dora en su propia casa. El padre soltó un rotundo no, para sentenciar seguidamente con un -¡eso es cosa de maricones!-

Aquel muchacho buscó consuelo en su madre, pero ella nada podía hacer ante la férrea postura del cabo primero de la Guardia Civil, su padre.

Pero un día, unos meses después y en el día de su cumpleaños, el joven aparece en su casa con el regalo que sus amigos y amigas le habían hecho, ¡unas puntillas para ballet! Entró hasta el salón, dejó sobre la mesa las zapatillas y mirando a su padre le dijo: -¡ahora estoy un paso más cerca!- La madre esbozó una sonrisa y buscó la tan esperada aceptación del padre. Sea como fuere, y a buen seguro no exenta de momentos desagradables, aquel jovencito del norte de Tenerife, comenzó a asistir a clases de ballet. Con el tiempo cambió de disciplina y optó por el baile moderno, que le llevaría a estudiar a Barcelona y después a Milán. En la actualidad es el propietario y uno de los profesores de una academia de baile en Nueva York. Sus padres, con cerca de 80 años de edad, muestran orgullosos las fotos en las que aparece su hijo en algunos de los escenarios más importantes del planeta, y en los turbios ojos de su padre se puede adivinar un ¡me equivoqué!

Una bonita historia real de la que podemos sacar mil lecturas, pero la más interesante e intensa no es la oposición de un padre, sino la determinación de un jovencito para hacer lo que desde su interior latía, para hacer lo que realmente le hacía y hace aún hoy en día feliz.

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